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Taller #6:

El Papel de la Educación en la Formación de una Cultura para la Convivencia

 

Objetivo: propiciar un espacio de reflexión acerca de la identidad y su papel en la construcción de una cultura para la convivencia.

 

Sin identidad, ¿para qué vivir? Sin una mínima conciencia de lo que se siente, se piensa, se hace, se desea, ¿no sería acaso un esclavo absoluto tanto de los impulsos internos propios como de las circunstancias externas? Sin propósito alguno en la existencia, ¿cada actuación no equivaldría a una futilidad? El “ser” se habría reducido a su más básica expresión: la biológica- la de subsistir- y sin uno mismo velando por ella, ¿quién la podría asegurar?

Pero, para tener una identidad se requiere educación. No la educación entendida como una simple transmisión y copia de datos, sino la que involucra el reconocerse a sí mismo en el otro, ya que entender al otro es comprenderse más profundamente,  lo cual es establecer identidad. Esto es educarse en convivencia.

Para que la interacción sea convivencia, se necesita que las personas tengan identidad para que su “ser” no sea violentado; requiere, asimismo, que aprecien su autonomía, la de los demás y que valoren los cambios que se dan naturalmente por el dinamismo de las relaciones con los otros. Cuando las personas conviven, reconocen también la necesidad de repensarse porque se percatan de que limitarían su identidad si no viven este proceso.

Un medio para pensar y repensar la realidad sería la educación, asumida como un cuestionamiento y un proceso conflictivo. Esta entendería al conflicto como un choque de intereses o pensamientos donde no se anula al otro sino que se convive y se aprende de él. De esta manera, la educación refleja la autonomía del individuo.

Pero como la única manera de que una persona sea autónoma es cuando forma una identidad, no puede limitarse a una noción incambiable de sí mismo: requiere pensarse en presente y en futuro.

Este proceso que se lleva a cabo en una persona también se realiza en la construcción de una identidad colectiva, en este caso la colombiana. A partir de nuestras necesidades, la creación de nuestra identidad nacional precisa que quienes se identifiquen con ella hayan atravesado ese proceso de auto-reconocimiento y estén dispuestos a emprenderlo colectivamente.

            Los colombianos no hemos formado una identidad y hemos sido incapaces de defender nuestros intereses, porque ni siquiera los tenemos. Tal vez nunca hemos creído en la viabilidad de Colombia como nación y por eso permitimos que sea el campo de recreo de otros países o grupos que no les importa lo que le suceda - que tienen sus intereses bien definidos  -intereses que no son colombianos. Así hemos sido saqueados y auto-saqueados.

Una identidad colombiana no puede ni debe ser homogénea, opacando el folclor regional, sus culturas y todo lo que compone la diversidad colombiana. Debería, más bien, enorgullecerse de ésta y sentir la diferencia interna como su característica fundamental. Como carecemos de una cultura en común, lo que debería unirnos bajo un proyecto de identidad colectiva es el anhelo de crear un espacio donde se respete la diferencia bajo los parámetros de la convivencia, donde las persona puedan realizarse.

Para esto es necesario que dejemos de ser meros habitantes de una patria y empecemos a actuar como ciudadanos, con todos los deberes y derechos que implica esa ciudadanía. Ser ciudadano de Colombia no es un estado jurídico, sino un compromiso personal con un proyecto de identidad colombiana.

 

Facilitadores: Samar Bultaif, Diana Otálvaro, Natalia, Claudia Madriñán, Alejandra Quintero, David Restrepo

Asesores: Beatriz H. Trujillo, Sonia Mejía, Dahissy Oliveros, Nelly Guerra